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SER INFIERNO
Belén Gopegui
(Conferencia Instituto. Cervantes de Milán).
Publicado en la revista del Instituo Cervantes Italia.
Cervantes Nº 0 Marzo 2001
http://www.cervantes.es
Ser infierno
Se trata de no dar nada por hecho. Se trata de tener el pequeño valor de quien rehúsa ver lo que las cosas dicen que son y en cambio ve lo que son. Estas palabras no me las he inventado pero tampoco las he copiado de ningún sitio. Son las palabras que están acaso en el origen de la filosofía, de la ciencia, de la historia. Estas palabras aparecen en una novela que aún se está escribiendo y nos conducen a un extraño itinerario que empieza en el bien y termina en el mal.
Durante mucho tiempo estuvimos reivindicando el bien. Hace falta el bien, decíamos, hace falta porque nuestra sociedad lo ha sustituido por el beneficio. Ya sea en un combustible, ya en una operación, ya en una película, lo que hoy importa no es que estén bien hechos sino que den beneficios. Curioso juego de palabras no buscado por nadie y sin embargo clarificador. Porque el estricto significado de beneficio nace de sumar los términos bene y facere, hacer bien. ¿Qué sucedió? ¿Cuándo se produjo el cambio de orientación? ¿Por qué de pronto que una cosa diera beneficio empezó a significar que estuviera mal hecha, que un combustible llevara componentes químicos baratos cuyos efectos sobre el aire no fueran buenos y una operación médica se hiciera sin haber comprobado todos los datos del paciente y una película contuviera elementos falsos, demagógicos, que infantilizaran a los espectadores? ¿O acaso no fue tan de pronto?
Se trata de tener el pequeño valor de quien rehúsa ver lo que nuestras sociedades dicen que son, a saber: organizaciones regidas por el bien que a menudo encuentran obstáculos nacidos del mal, y ver en cambio lo que son: organizaciones regidas por una noción irracional que desprecia el argumento y la existencia, que sólo mira la ganancia y cuyo nombre es el bien. “Es posible”, ha dicho el filósofo Juan Blanco, “salirse mentalmente de lo irracional, lo difícil es salirse realmente”. Salgámonos entonces de lo irracional, salgamos ahora con la mente durante diez o quince minutos, tracemos las coordenadas del mal en tanto criterio opuesto al bien irracional que rige nuestras vidas.
Como quien llega a una Itaca del pensamiento, lleguemos a una lógica del mal. No había palmeras en la Itaca de Ulises ni cocoteros: había una mujer envejecida que aguardaba. Tampoco encontraremos, en la lógica del mal, psicópatas ni racistas ni el reino del dolor o las enfermedades.
El psicópata es obvio, pero deberé hablar del psicópata porque, en una proporción muy alta, las narraciones que dicen estar hablando del mal dibujan al psicópata como portador de su lógica, como encarnación de su dominio. He dicho que el psicópata es obvio; ahora lo explicaré. En el libro La poesía de la experiencia, de Robert Langbaum, encontramos un estudio sobre la poética de Aristóteles, y allí leemos: “una intención condicionada biológicamente resultaría presumiblemente obvia y, por ende, ni moral ni característica”. Cuando el psicópata asesino es un enfermo, un desequilibrado, y no he visto ninguna película ni leído ninguna novela en donde no reciba ese tratamiento, entonces se convierte en un caso, en un mecanismo que el héroe debe desarticular para librarnos de sus efectos. Ahora bien, ese mecanismo nada revela acerca del mal. El psicópata peliculero puede revelar algo sobre las técnicas del asesinato, pero nada sobre el carácter, nada sobre la moral, nada sobre la lógica de un comportamiento que no obedece a la lógica, sino a la necesidad. Así pues no es la Itaca del mal el país de los psicópatas, como tampoco es el país de la tormenta. La tormenta causa daño, el psicópata no causa daño. Pero ninguno de esos dados factores se mueve guiado por un principio como sí actúa guiado por un principio el empresario que introduce un pesticida peligroso para la salud en sus plantaciones de pimientos, y ese principio no es el mal, la voluntad de envenenar a la gente sino por el contrario la voluntad de suprimir las plagas que merman sus cosechas y así obtener un beneficio.
No hay entonces psicópatas en la Itaca del mal. Quiero decir, no los hay en tanto que algo significativo, como tal vez sí había cocoteros en la Itaca de Ulises pero no era lo que Ulises buscó. No queremos ir a la Itaca del mal para tener lo mismo que en la civilización del bien, sino para tener aquello que no es posible encontrar en esta civilización. Y aquí encontramos psicópatas y encontramos torturadores y racistas.
Hablemos de estos últimos. Pues es cierto que aquellas narraciones que no acuden al psicópata y quieren dibujar una Itaca del mal recurren casi siempre al campo de exterminio, a las sagradas mayúsculas, al Mal que se ha encarnado en el icono de un torturador que ama la ópera, que tiene un gusto exquisito y no obstante disfruta con el olor a carne quemada, con el grito en el límite del grito. Las mayúsculas ciegan por el procedimiento de concentrar la atención en la punta del asta donde cuelga la bandera y dejar fuera de la vista el ejército, las propiedades, el curso legal de la moneda, los pasaportes. Alzamos la mirada hasta el oscuro doctor muerte, hasta el dulce padre de familia que por la noche se pone el traje del KuKuxKlán. Pero al hacerlo así dejamos de ver lo que tenemos delante. Gombrowicz lo escribió en sus diarios de este modo: “¿Acaso el hombre mata o tortura porque ha llegado a la conclusión de que tiene que hacerlo? Mata porque matan otros. Tortura porque otros torturan. El acto más horripilante se vuelve fácil cuando el camino que lo atraviesa es un camino ya abierto; así en los campos de concentración el camino hacia la muerte estaba ya tan allanado que el burgués incapaz de matar a una mosca en su casa asesinaba con facilidad a la gente”. Creo que esta es una forma más sensata de enfrentarse con los problemas y no esos oscuros discursos sobre el abismo de la conciencia humana. Cuando se produce un episodio de racismo no irrumpe el mal en una aldea. Irrumpe una vez más el bien, la búsqueda del beneficio que se pone bajo el nombre del miedo a perder el beneficio. Y esa búsqueda a veces se desata, pasa de ser el recelo continuo y más o menos controlado que unas naciones tienen sobre otras, y unos grupos humanos sobre otros, a ser la agresión desnuda. Pero cuando se desata nunca es debido a los abismos de la conciencia sino a una confluencia de factores diversos, menos agradecidos para el análisis, menos peliculeros, así la economía, la distribución de la población, los medios de comunicación, el allanamiento del camino de la violencia que nace de imitarse unos a otros.
Los casos de torturadores perversos tienen el origen común en una dictadura a menudo instigada primero y apoyada después por las potencias económicas impulsoras de la lógica del bien. Los casos de racismo cruel tienen también su origen en grupos económicos que ven o creen ver su supervivencia amenazada, su territorio invadido; nadie es racista torturador en solitario. Y si el psicópata individual es un enfermo, y si el racista colectivo forma parte de un movimiento más amplio que no se explica por la cruel voluntad individual de hacer el mal, ya sólo nos queda el asesino que es siempre un asesino a sueldo, a sueldo de lo que robe, a sueldo de lo que le paguen, a sueldo del bien y del alivio que sentirá cuando terminen sus celos o del bien y el alivio que sentirá cuando cobre los ciento veinte millones que se ha ahorrado al no poner escalera de seguridad en el edificio. Nunca el mal, nunca un cambio de lógica sino la exacerbación de la lógica habitual. Entremos por el contrario en esa Itaca del mal que está en el mundo del bien como peligro, dicen, como amenaza, como está el infierno dentro del paraíso. Entremos con el pensamiento y no hallaremos tampoco una prevalencia significativa del dolor. Habrá acaso dolor, como habrá árboles y Este y Oeste, pero no estará ahí para justificar lo malo, no estará a modo de explicación ni para dar sentido, pues sólo el bien ha necesitado a menudo recurrir al mal para justificarse.
El catolicismo, por ejemplo, ha querido convertir el sufrimiento en experiencia privilegiada, que confiere sabiduría, que nos acerca al bien. En la Itaca del mal nadie desea sufrimiento, a nadie le interesa el cáncer a no ser para encontrar una vacuna y los modos de aliviarlo. El terremoto, la enfermedad, el dolor, no son el mal ni se guían por la lógica del mal. En la Itaca del mal el sufrimiento forma parte de las condiciones de existencia, del punto de partida con que nos encontramos: hay día y hay noche y hay dolor. Cuando el hombre necesita ver y es de noche, acude a la luz eléctrica. También intenta sustraerse del dolor. Pero no hay nada moral en esto. Es una de las varias lógicas del bien que nos dominan la que ha querido encontrar un principio en el dolor. La religión cristiana necesitó un día legitimarlo para afirmar la voluntad de un Dios omnipotente de quien dependían las inundaciones, el infarto, la muerte de los niños, el día y la noche. Dijo esa lógica que Dios había creado el mal para que el hombre fuera libre. Hoy el sustrato de esa lógica sigue vigente, no es un invento de cuando niños en las escuelas: en 1997 se publicó en Alemania un libro del ensayista Rüdiger Safranski titulado El mal, cuyas primeras líneas rezan: “No hace falta recurrir al diablo para entender el mal. El mal pertenece al drama de la libertad humana”.
El premio Nobel de física Steven Weinberg desmontaba hace poco ese argumento en un artículo publicado en 1999, en donde contaba cómo sus parientes habían muerto en un campo de concentración y decía: “Parece un poco injusto para mis parientes haber sido asesinados con el fin de proporcionar una oportunidad al libre albedrío de los nazis, pero incluso dejando esto a un lado, ¿qué pasaría con el cáncer: es un modo de darle una oportunidad al libre albedrío de los tumores?”.
Abandonemos pues, por un momento, la civilización del bien en donde todo debe tener sentido, y vayamos a una Itaca del mal en donde el sufrimiento no lo tiene y por tanto no es preciso justificarlo, sino sólo ejercer el pequeño valor de quien rehúsa ver en el sufrimiento una prueba, una llamada, una forma de purificación, y en cambio ve los hechos: están ahí, igual que están las rocas, ahí está el dolor y procuramos evitarlo.
En cuanto al sufrimiento provocado, alguien que pega a otro, alguien que hace daño a otro, debemos insistir en que es una cuestión que pertenece a la lógica del bien. Cuando alguien pega a otro no se produce una colisión entre el bien y el mal, sino entre dos bienes. Y aquí surge la ley para regular cuál de los dos bienes es superior, surgirán normas morales, reglas de urbanidad, etcétera. Ni las leyes ni las normas morales ni los manuales de urbanidad necesitan recurrir al mal para organizar una convivencia más o menos pacífica. Les basta con la palabra “bien” y con la palabra “daño” o “perjuicio”. No necesitan el mal, si es que entendemos por mal un sistema de relaciones cuyo fin no sea el beneficio sino acaso el maleficio, un sistema de relaciones que se oponga y trastoque el sistema por el que hoy se rige nuestra civilización.
Durante mucho tiempo estuve citando esta frase del libro Las ciudades invisibles, de Italo Calvino: “El infierno de los vivos no es algo que será, hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno, no es infierno. Y hacerlo durar, y darle espacio”. Hoy sin embargo, ahora, en este instante quisiera ver quién dentro de este fingido paraíso es infierno, es en verdad infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.
¿Quién es infierno, quién construye la Itaca del mal, quién busca el maleficio? Curiosamente la palabra “maleficio” tiene en esta cultura connotaciones de hechicería, como si aquello que se opone al beneficio estuviera vinculado a la superstición y, al cabo, a lo inexistente. Como si nuestra Itaca del mal no tuviera al fin otro espacio, no se le hubiera, sería la expresión correcta, dejado más espacio que lo fantasioso, lo imposible, lo irreal. Pero nosotros queremos ser lógicos, queremos tener el pequeño valor de quien ve lo que las cosas son y nos decimos: ¿qué sería el mal hoy? ¿cuál sería aquella actuación que el beneficio tendría que rechazar a toda costa? ¿de qué se protege el beneficio, para librarse de qué construye fortalezas, leyes, parapetos, mientras las gentes andamos distraídas, preocupándonos de los asesinos múltiples y de los torturadores que aman la belleza? El beneficio, como recordaba en una reciente conferencia Juan Carlos Rodríguez, protege su libertad, pero no la abstracta libertad humana de los existencialistas, sino una libertad muy concreta: la libertad de explotar minas y también de explotar hombres. Aquello que no toleraría la lógica del beneficio, aquello que nunca ha tolerado, es el intento de poner fin a esa libertad.
Buscar por tanto, en la civilización del bien, cuanto atente contra la libertad de explotación, y hacerlo durar, y darle espacio. Porque Italo Calvino sí ha advertido que la actuación más común consiste en aceptar este fingido paraíso hasta el punto de no verlo ya. Hasta el punto de no ver qué lo sustenta y así ocurre que ni siquiera la terrible libertad de explotar a los hombres nos llama la atención, y ocurre que hay otra libertad igual de terrible si cabe y no la combatimos, y aún la deseamos, y la llamamos buena, es al fin la libertad de ser explotado, la única libertad que conocemos, la única que nos da señas de identidad, la libertad en cuya defensa lucharíamos contra las fuerzas del mal que quisieran privarnos de ella. ¿Quién alzará su voz, quién dirá no quiero que nadie compre mi vida, no quiero que nadie pague un sueldo por mi vida, no quiero que nadie trate mi vida como a una mina y extraiga el mineral de su jornada y la abandone al fin, con sesenta y cinco años, sin luz en los ojos, con la energía en declive porque la vampirizaron otros? Pero el beneficio se encarga de producir como algo connatural a su existencia el paro y, con él, la casi absoluta imposibilidad de que este discurso, aunque se diga, llegue realmente a oírse. Ni siquiera a través de un personaje de una novela me atrevería yo a esgrimirlo como el de un ángel vengador. Ni mucho menos lo pondría en boca de algún líder de un partido de izquierdas, de un sindicato de izquierda, todo ellos reclaman ahora trabajos dignos, la libertad de ser dignamente explotados, eso reclamamos en la civilización del bien.
Este es el mundo, que nos ha tocado y en este mundo, ¿cómo puede la Itaca del mal que dibujamos con nuestra mente y que sería una Itaca racional, una Itaca no construida sobre la legítima libertad de explotar sino sobre la abolición de esa libertad, cómo puede vencer la inercia de lo real y realizarse?
El paso de lo real a la comprensión es muy rápido, pero el paso de la comprensión a lo real es muy muy lento. Hablemos de esa lentitud, hablemos de lo que exige la atención y aprendizaje continuos. Nuestra Itaca del mal, nuestro caballo de Troya, no puede, por ejemplo, vocear su condición. Tiene que ocultarse. Claro que en los tiempos que corren existe una clandestinidad no buscada y sin embargo impuesta, a saber: no es fácil que estas palabras lleguen a ocupar las televisiones y los periódicos, lleguen a ser multitudinariamente oídas. No es fácil tampoco que de entre quienes nos escuchan haya muchas personas de acuerdo con lo que he dicho. Ni siquiera yo misma, son demasiados años pensando que el bien se hizo para proteger a los débiles de los fuertes, demasiados años creyendo que el sueldo es un privilegio y un beneficio. Saldré y diré que, contra el señor, el criado sólo tiene para defenderse el bien, el que exista una idea del bien superior a la servidumbre en virtud de la cual al señor se le pueda corregir y castigar. Saldré y olvidaré que tal vez en una Itaca del mal no hiciera falta el bien para corregir los abusos de los señores, porque no habría señores. Saldré, así, y olvidaré que el bien nos hace más débiles porque entregamos su gestión a quienes ocultan bajo la idea del bien la idea del beneficio.
Pero antes de que salga, antes de que la tarde termine y la Itaca del mal se desvanezca en la mente de todos es posible que el lento proceso que va de la razón a lo real haya comenzado, hoy aquí, mañana en otra parte, y este lento proceso seguirá su curso. Y nos dirá al oído que hagamos el mal, que sembremos la confusión, que intoxiquemos a los medios de comunicación, que pongamos en entredicho el funcionamiento común de las cosas de todos los días, la fe pública, el hábito de respetar el abanico de lo permitido y ser leales a la empresa, fieles a la costumbre de creer que somos libres, que existe una comunidad de intereses de la que formamos parte.
Hace un mes estuve en Méjico D.F. y me fue otorgada una visión de esa comunidad de intereses a la que decimos pertenecer. En Méjico mucha gente atraca, y eso es un mal, dice nuestra comunidad. Pero en la Itaca del mal decimos que eso es un bien, porque si no atracaran, si la gente viviera en las condiciones en que vive, viendo la desigualdad como la ve y ni siquiera atracara, entonces a qué negro lugar habríamos llegado.
Si el bien fuera un pájaro que se posa sobre los actos, odiar no sería bueno nunca, no sería bueno en sí mismo, cualquiera entendería la frase “no odies porque a ti no te gustaría que te odiaran”. Pero el bien no es pájaro y decimos que odiar en esos países es un bien, o es el mal que defendemos, y decimos por lo menos atracan, por lo menos en Africa secuestran a la gente, por lo menos alguien hace el mal porque no se resigna a una lógica del bien que le deja fuera. Nuestras ciudades, nuestras agradables ciudades europeas tienen hoy un repunte de inseguridad. Y ahora preguntamos: si hubiera que elegir entre morir a manos de un médico que buscaba su propio beneficio y morir a manos de una atracador que, buscando su propio beneficio, también buscaba el mal, lo que aquí se entiende por mal, ¿qué elegiríamos?, ¿no habría quizá algunos entre nosotros y nosotras que elegirían lo segundo? Pero el dilema es falso, hay que elegir entre vivir y vivir y entonces digo: si hubiera que elegir entre vivir con una puerta llena de cerraduras y no abrir al cartero comercial y sentirse confortado por la presencia de la policía y los guardias de seguridad, si hubiera que elegir entre vivir así, defendiendo una riqueza que es nuestro bien, que es el beneficio con violencia extraído del trabajo de otros, y vivir por el contrario defendiendo el mal, defendiendo la racionalidad de destruir aquellos resortes que dividen la existencia entre uno y otro lado de la puerta, algunos y algunas tal vez eligieran defender el mal.
Para terminar, no cometeré la imprudencia de pedir a nadie que empiece a fotocopiar documentos comprometedores en sus lugares de trabajo, a rellenar con firmas falsas documentos oficiales o a promover el resentimiento. Ni hablaré de aquel icono del mal tan antiguo llamado revolución. Haré sólo una modesta sugerencia, tal vez una pregunta: ¿qué pasaría si los débiles renunciaran - o renunciáramos - al bien que les sustenta?, ¿qué pasaría si en secreto empezaran a romper las reglas? ¿qué pasaría si ya hubieran empezado?